lunes, 20 de abril de 2009

Barcelona: Línea dura y resurrección




“La Cataluña de antes era muy distinta a la de ahora”
Francesc Candel

De las pocas veces que muchos de los que vivimos en Barcelona nos detenemos realmente a “pensar la ciudad”, haciendo referencia con esto a masticar sus códigos, usos y significados; no nos resulta difícil flotar en ideas superficiales y generalizadoras en respuesta al clamor cotidiano: el alquiler, el T10, la despedida de, el compañero de piso que, mi jefe me, ayer fui al, me voy a; entre muchísimas otras situaciones que no es necesario mencionar.
Las premisas sobre las cuales reposa el análisis de fondo de la realidad barcelonesa y de cómo nos resulta vivirla, son complejas y de una naturaleza inmediata y palpable para quienes no somos de aquí; un hecho que la capital de Cataluña comparte con quizás todas sus congéneres continentales: una inmigración doméstica e internacional junto a las correspondientes políticas de integración; un compromiso institucional y privado de revaloración urbana y, de cierta manera; una ambición reaccionaria para que Barcelona no deje de ser una ciudad atractiva para muchos. En palabras de Marcel Rocayolo: “En la Europa Moderna, la ciudad esta repleta de una población fluctuante, mal integrada, que sólo se establece en ella por un tiempo, atraída por promesas de trabajo mas o menos aleatorias y, en mayor medida, por las instituciones sociales, características también ellas de la ciudad.”

Que “cool” vs Que “Guai”: Integración y dominación
Todos o casi todos estamos claros que Barcelona es una ciudad espléndida para la gente joven, algunos con mayor voluntad que otros para integrarse culturalmente al “saber fer” catalán con todas sus bondades y limitaciones. ¡Que cool!
La lengua, es uno los pilares fundamentales sobre los cuales todo sistema de pensamiento encaminado hacia la inclusión cultural reside y justifica su existencia. La política lingüística de Cataluña, con todo su instinto de supervivencia de mediano alcance y su genuina manera de erigirse como una cuestión “sensible”, representa no sólo un ineludible tópico de acaloradas discusiones, sino también un instrumento de dominación, territorialmente legítimo y paralelamente trasgresor.
Es preciso hacerse de la lengua local para integrarse mas o menos plenamente, un delicado suplicio ideológico y cultural para Cataluña “...un grupo nacional desmembrado e integrado hoy a diversos sistemas estatales que se han enfrentado abiertamente a sus instrumentos de autonomía cultural.” No obstante, el éxito de Barcelona es notable desde muchos puntos de vista, mas allá del plano idiomático y de la formal inserción foránea, como nos dice nuevamente Oriol Bohigas: “Cataluña mantiene su existencia como grupo social definible con los instrumentos que arrancan de su propia base humana y se apoyan en un hecho fundamental: el proceso demográfico –mantenido por una inmigración que aunque de manera lenta y defectuosa, acaba integrándose- ...” Una larga y apasionante cadena de argumentaciones que sobrepasa los límites editoriales del presente texto, en el cual es justo y pertinente hacer mención a la llamada línea dura del catalanismo, un círculo social y de toma de decisiones que a veces es impenetrablemente rancio y orgulloso, oficialmente represivo, jurídicamente abusivo, normativamente contradictorio, progresivamente inconcreto y legislativamente ambiguo: “A veces es el catalán de origen quien dificulta la integración con un desprecio ensoberbecido y a veces es una mutua insolidaridad desesperante de la que todos somos responsables” ¡Que Guai!

La Boutique-farra: La resurrección urbana y sus significados
Hace ya más de quince años que se extinguió la llama olímpica del estadio de Montjuic y con ello el fenómeno del Barraquismo barcelonés, esa ciudad informal que paralelamente a la Barcelona planificada, crecía en distintos núcleos periféricos y no tan periféricos: Montjuic, El Somorrostro, El Carmel, La Mina, La Perona y muchos otros enclaves de infravivienda, como las autoridades de la época se dignaban a llamar.
Desde principios del siglo XX, la continua lucha de reivindicación y de consecución de los recursos mínimos para llevar una vida con matices de dignidad, ha marcado la vida de gran cantidad de personas que actualmente viven en Barcelona y sus alrededores, especialmente en la segunda mitad de ese siglo, trayendo esto consigo un importante aporte de infraestructura que mal que bien, respondió a las crecientes necesidades de espacio, esparcimiento y urbanización: “Unos movimientos que en los años sesenta y setenta se trasladaron a los grandes polígonos de extrarradio, donde fueron realojados la mayoría de los habitantes, quienes tuvieron que luchar de nuevo para conseguir unos equipamientos y servicios que no llegaban.”
Aunado a este cúmulo de soluciones a trompicones, crecía la otra Barcelona, la del diseño formalista, firmada por arquitectos de renombre internacional, la que atrajo, atrae y atraerá a cientos de miles de personas. En pocas palabras, la que nos gusta para vivir.
Citar a los arquitectos que con su firma han hecho resucitar muchos espacios de la ciudad sería un poco redundante, Gaudí es el estandarte local que embellece y constituye uno de los mayores significados urbanos de la antigua Barcino, como los romanos llamaron en aquel entonces a la futura ciudad condal.
Sin embargo, desde los algorítmicos ritmos de una fachada de Toyo Ito en Paseo de Grácia y la cúpula post-taurina de Richard Rogers de Plaza España; hasta el racionalismo corbussiano del MACBA de Richard Mier, la resurrección urbana barcelonesa es un sello latente, dirigido en gran parte al consumismo y irrevocablemente generador de no pocos síntomas de desplazamiento social.
Tal desplazamiento, esa “Teatrocracia”, en palabras del académico catalán Manuel Delgado, define a las políticas de revaloración urbana que responde a las fuerzas del mercado; el cual, aparte de sustituir a un grupo de población por otro de mayor capacidad adquisitiva, limita los reales impulsos necesarios para lograr una concreta definición del espacio público. Basta con darse una vuelta por el Raval, ese emblemático y espacialmente indefinido enclave multi-étnico-ligüístico-cultural de la actual Barcelona, que entre la resurrección de sus espacios, sobrevive a la especulación inmobiliaria y a la apropiación espontánea.
El significado real de todos estos códigos del lenguaje urbanístico de Barcelona y su intención resucitadora, supone unas dimensiones sociológicas inmensamente complejas, especialmente durante períodos de recesión económica, como dice Joseph María Montaner: “...la misión adjudicada a la historia es la de producir significados, ...el proyecto histórico es siempre el proyecto de una crisis.” Barcelona y su significado: compras, fiesta y catalanidad: una Boutique-farra.

Marcel Rocayolo. “La Ciudad”
Oriol Bohigas. Una posible “Escuela de Barcelona”
Oriol Bohigas. Una posible “Escuela de Barcelona”
Oriol Bohigas. Problemas Urbanísticos de la Inmigración
Museo de Historia de Barcelona. Barracas La Ciudad Informal
Joseph María Montaner Arquitectura y Crítica